Hay un momento —suele caer entre los 18 y los 20— en el que algo cambia sin hacer ruido. No hay un golpe seco ni una fecha clara, pero se nota. La sensación de que siempre hay un siguiente paso marcado empieza a desdibujarse. Avanzar deja de ser automático.
No porque falten opciones, sino porque ya no existe una única respuesta correcta.
Cuando se acaba lo que “tocaba”
Durante años, muchas decisiones venían dadas. Se estudiaba porque era lo normal. Se pasaba de curso porque el sistema estaba pensado para eso. Incluso cuando costaba, había un carril claro que sostenía el recorrido.
Ese carril desaparece.
Se cierra una etapa y, con ella, la lógica de lo obligatorio. Ya no hay un “ahora toca esto”. Hay elecciones. Y elegir implica aceptar algo incómodo: lo que venga después también es responsabilidad tuya.
Dar el paso sin garantías
Desde fuera, este momento parece natural, casi automático. Desde dentro, no lo es tanto.
Elegir estudios, ciudad o nivel de exigencia no se parece a rellenar un formulario. Es más bien un salto con red… pero sin saber exactamente dónde está. No avanzar también es una elección, aunque a veces cueste admitirlo.
La incertidumbre aparece ahí. No como un error del sistema, sino como la consecuencia lógica de empezar a decidir por cuenta propia.
Cuando una película lo explica mejor
Hay una escena muy conocida de El Graduado que clava esta sensación. El protagonista ha terminado sus estudios, ha cumplido con todo lo esperado. Los adultos lo rodean, lo felicitan, le preguntan qué hará ahora. Y él no sabe qué contestar.
No porque no tenga opciones, sino porque ninguna termina de sentirse suya.
Esa incomodidad es familiar para muchos al cerrar una etapa académica. No es falta de ganas ni de capacidad. Es la primera vez que una decisión importante no viene con el camino ya dibujado.
Madurar no es tenerlo todo claro
Existe la idea de que madurar es saber exactamente lo que quieres. Tener un plan nítido y seguirlo sin dudar.
La realidad es bastante menos limpia.
Madurar no va de eliminar la incertidumbre, sino de aprender a convivir con ella. De entender que dudar no invalida una decisión; al contrario, suele indicar que importa. A esa edad, la inseguridad no es inmadurez. Es conciencia.
Otra forma de relacionarse con el estudio
Cuando elegir deja de ser obligatorio, estudiar cambia.
Ya no se hace solo para cumplir, sino porque hay una decisión detrás. El esfuerzo pesa más, sí, pero también es más honesto. La exigencia ya no viene solo de fuera: empieza a construirse desde dentro.
Ahí empieza una relación distinta con el aprendizaje. Más autónoma, más responsable y, muchas veces, más dura de lo que uno imaginaba.
La incertidumbre como punto de partida
En la práctica, este momento suele coincidir con el primer proceso de admisión universitaria. No tanto como trámite, sino como símbolo. Es cuando una elección deja de estar guiada y pasa a ser consciente.
La admisión no borra las dudas. Lo que hace es ponerlas en movimiento. Convertirlas en una decisión que, incluso con inseguridad, se asume como propia.
Avanzar sin tener todas las respuestas
No todos los comienzos se viven con claridad. Algunos llegan con preguntas abiertas, cierta incomodidad y la sensación de no tener el control completo.
Y no pasa nada.
Porque convivir con la incertidumbre no es estar perdido. Es estar empezando a decidir de verdad. Y porque dar un paso sin garantías absolutas suele ser, aunque no lo parezca, uno de los primeros gestos realmente adultos.
