¿Qué grado de ICAI habría estudiado Lise Meitner?
El invierno en el que el átomo se partió
El invierno de 1938 fue decisivo para la física… y devastador para Lise Meitner.
Meses antes había tenido que huir de Alemania. El régimen nazi había expulsado progresivamente a los científicos judíos de universidades e institutos. Tras la anexión de Austria, Meitner —judía de origen vienés— quedó completamente expuesta a las leyes raciales del Tercer Reich. En julio de 1938 escapó casi clandestinamente hacia los Países Bajos y después a Suecia. Perdió su laboratorio, su puesto y la posición académica que había construido durante décadas.
En Berlín quedaba Otto Hahn.
No era un colega circunstancial. Llevaban más de treinta años trabajando juntos. Desde principios del siglo XX habían formado una alianza científica singular: él, químico experimental de enorme precisión; ella, física con una capacidad excepcional para interpretar fenómenos complejos. Juntos estudiaron la radioactividad, aislaron el protactinio y convirtieron el Instituto Kaiser Wilhelm en un centro de referencia en investigación nuclear.
Incluso en el exilio, Hahn seguía escribiéndole.
En diciembre de 1938 le envió resultados desconcertantes: al bombardear uranio con neutrones, aparecían elementos mucho más ligeros, como el bario. Aquello no encajaba con ningún modelo conocido.
Sin laboratorio propio y en un país extranjero, Meitner hizo lo que llevaba décadas haciendo junto a Hahn: pensar el experimento hasta comprenderlo. Durante un paseo por la nieve con su sobrino Otto Frisch, aplicó el modelo de gota líquida del núcleo atómico, calculó la pérdida de masa y utilizó la ecuación E = mc².
El núcleo no se transformaba. Se dividía.
Había nacido la fisión nuclear.
Una colaboración que no cabía en un solo nombre
La fisión no fue un destello aislado. Fue la culminación de una colaboración científica sostenida durante más de tres décadas.
Hahn producía resultados experimentales fundamentales. Meitner aportaba la interpretación física que les daba coherencia. Era una división natural del trabajo, pero el proyecto intelectual era compartido.
Cuando en 1938 los nazis la obligaron a abandonar Alemania por ser judía, la investigación continuó a distancia. Hahn seguía recurriendo a ella para entender resultados complejos. Eso es esencial: incluso fuera del laboratorio, seguía siendo la mente teórica de referencia.
Por eso el episodio del Nobel resulta tan difícil de ignorar.
En 1944, el Premio Nobel de Química fue concedido a Otto Hahn por el descubrimiento de la fisión nuclear. El nombre de Lise Meitner no apareció.
No era una figura secundaria. Sin su explicación física, los resultados experimentales no tenían sentido. Sin el trabajo de Hahn, la teoría no habría tenido base empírica. La fisión fue el resultado de una interacción intelectual construida durante treinta años.
Pero Meitner era una mujer. Era judía. Vivía en el exilio tras haber sido expulsada por el nazismo. Hahn seguía vinculado a la estructura científica alemana. El reconocimiento oficial separó lo que durante décadas había funcionado unido.
Con el tiempo, la historiografía ha considerado aquella decisión una injusticia significativa. No porque Hahn no mereciera reconocimiento, sino porque la historia fue más compleja de lo que el premio reflejó.
El átomo y la guerra
La publicación de la fisión en 1939 tuvo consecuencias inmediatas. Si el núcleo podía dividirse y liberar enormes cantidades de energía, la posibilidad de una reacción en cadena controlada —o descontrolada— era evidente.
En Estados Unidos comenzó el Proyecto Manhattan. Científicos como Enrico Fermi, Robert Oppenheimer, Niels Bohr o Edward Teller participaron en el desarrollo de la bomba atómica.
Lise Meitner recibió invitaciones para unirse.
Las rechazó.
Había sido expulsada por el régimen nazi por ser judía. Había perdido su país y su laboratorio por culpa del antisemitismo. Comprendía perfectamente el alcance de la fisión —quizá mejor que muchos— y decidió no contribuir al desarrollo de armamento nuclear.
Mientras algunos físicos consideraron que la urgencia bélica justificaba el proyecto, Meitner optó por mantenerse al margen. Fue una decisión ética, no técnica.
¿Qué habría estudiado hoy?
Más que preguntarnos qué etiqueta académica llevaría, conviene observar cómo pensaba.
Meitner tenía una capacidad extraordinaria para modelizar sistemas complejos. Traducía datos experimentales en estructuras matemáticas coherentes. Comprendía procesos invisibles con rigor cuantitativo.
Hoy, esa forma de trabajar encaja de manera natural con un Grado en Ingeniería Matemática e Inteligencia Artificial: modelización avanzada, análisis de sistemas dinámicos, formalización matemática de fenómenos físicos.
Pero la fisión no se quedó en el plano teórico. Dio lugar a reactores, a infraestructuras energéticas, a sistemas que requieren diseño estructural, control de procesos y gestión de riesgos.
Ese salto —de la ecuación al sistema energético real— pertenece al ámbito de la Ingeniería en Tecnologías Industriales, donde la física se convierte en infraestructura y la teoría en tecnología.
Durante décadas, Meitner fue la mente que daba sentido a los experimentos de Hahn. Hoy probablemente se movería entre la abstracción matemática y la ingeniería de sistemas energéticos complejos.
Una física que no perdió su humanidad
En su lápida puede leerse:
“Una física que nunca perdió su humanidad.”
Fue expulsada por los nazis por ser judía.
Trabajó más de treinta años junto a Otto Hahn.
Quedó fuera del Nobel que reconocía un trabajo compartido.
Rechazó participar en la bomba que surgió de ese mismo descubrimiento.
La fisión nuclear cambió el siglo XX.
La historia de Lise Meitner recuerda que la ciencia no se desarrolla en el vacío: está atravesada por política, injusticia y decisiones morales.
Y quizá eso —más que cualquier premio— es lo que define su legado.
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